viernes, febrero 23, 2024
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Leyenda de la Parroquia de San Juan Bautista, tesoro de Coyoacán

Coyoacán, Ciudad de México.-Como un maravilloso ejemplo del barroco novohispano, la Parroquia de San Juan Bautista en Coyoacán, es todo un símbolo y testigo de la historia. Asimismo es escenario de leyendas que nacieron para permanecer.

Una de las primeras parroquias en México (Nueva España en el siglo XVI) fue la de San Juan Bautista. La primera construcción tenía piso de cemento, muros de roca volcánica labrada, fachada de cantera roja y un adoratorio con chapa de oro.

Entre 1522 y 1552 se construyó en una superficie de casi 20 mil m2 el Convento, el templo y la huerta de San Juan Bautista.

El inmueble que en un principio tenía tres naves, fue reedificado y remodelado entre 1804 y 1947, incluyendo bellas pinturas y ornamentos. Aunque fue perdiendo terreno.

Este templo guarda muchas leyendas e historias. Una de ellas fue la presunta aparición de la Virgen de Guadalupe, a finales del Siglo XX.

En uno de los muros que da a la actual Plaza Hidalgo, apareció una mancha negra con la figura de la ‘morenita de México’. En ese entonces llegaron muchos curiosos y periodistas a ver tal suceso. Los religiosos y comunidad, llegaba a venerar a la Virgen.

Hermano devoto

Entre tanta historia sus muros fueron forjadores de leyendas, como la del Hermano Lego, de la orden de los Dominicos.

Los hermanos lego pertenecen a una órden monástica y se les llama así porque no han sido ordenados todavía como sacerdotes.

El Hermano Lego no sabía leer ni escribir. Por ello aprendió de memoria sus oraciones. Era un religioso ejemplar, se levantaba antes que nadie a orar en la capilla. Rezaba cada mañana y cada noche 150 Ave María.

Cuando los otros religiosos llegaban a la capilla a rezar, el lugar siempre estaba lleno de rosas frescas que adornaban a la Virgen. Ni siquiera el Hermano Superior sabía quién adornaba el altar.

Era un misterio de dónde salían las hermosas flores, pues los rosales del jardín estaban intactos.

La más grande fe

Un mal día, el Hermano Lego enfermó gravemente y no asistió como cada mañana a la capilla a rezar sus oraciones. Coincidió con que el altar no tenía rosas.

Por eso los religiosos supusieron él adornaba el lugar con tan fragantes flores. Al siguiente día, fueron a buscar al Hermano Lego para atenderlo, ya que seguía mal, pero vieron que no estaba en su cama.

No lo veían por ningún lado y cuando fueron a la capilla lo encontraron frente a la Virgen arrodillado, rezando sus Ave María.

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Por cada Ave María que el Hermano Lego rezaba, aparecía una rosa, en un milagro presenciado por todos ellos. Al terminar de orar, el Hermano Lego murió.

Su cuerpo quedó como ejemplo de un inmenso de fervor, ante la Virgen, siendo sus últimas palabras, un Ave María. En una capilla llena de las más radiantes y aromáticas rosas.

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